Consigna de taller

Un espacio conocido empieza a ceder terreno. El personaje principal no se da cuenta o no lo dice. La invasión debe ser ambigua: puede ser real o una exageración del narrador. Cerrar con una decisión pequeña y cotidiana que funcione como resignación, no como escape dramático. (Escrito en 35 minutos)


Resultado

Cuando volví a la casa de mi infancia por primera vez desde que me mudé, mi hermano ya había empezado a remodelarla pero todavía quedaban algunos de los muebles viejos que abandoné al irme. Fue como ver un esqueleto a medio descarnar pero todavía reconocible del animal que supo ser.

Me contó con ilusión sus proyectos y le deseé lo mejor tratando de ignorar a los tres carroñeros que empezaban a sacarle trozos a fuerza de mazazos. Un cortafierros se llevó el marco de la puerta donde ya hace años la pintura había tapado las marcas de nuestras alturas al ir creciendo. Las alacenas de la cocina de donde robaba latas de arvejas para construir castillos fueron desmanteladas antes de mi segunda visita y siguieron desapareciendo más evidencias de que esos recuerdos alguna vez fueron reales.

Se fueron también algunos de los fantasmas y eso sí que me alegró un poco. Hay un par de cajas de la mudanza que todavía no me atreví a abrir y fijarme si no se escondieron ahí, porque de vez en cuando a la niche vuelvo a escuchar los mismos susurros y sueño que sigo allá. Supongo que no todo estaba mezclado con el revoque que sacaron para poner de esos caños verdes modernos que ya no se tapan con sarro. O quizá algo de ese polvo se me habrá metido en los pulmones y me lo traje puesto, porque aunque me friegue en la ducha los susurros siguen cuando apago la luz y trato de dormirme. Están ahí amenazando con que voy a volver a soñar con que abro la puerta del cuarto de mi viejo y se queda trabada por el peso de su cuerpo caído al costado de la cama.